La realidad y lo que creemos ver: las Tres Naturalezas de Yogacara

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«Creo que existe un mundo real ahí fuera y que vemos sombras de él: nuestros modelos, nuestras teorías», afirmaba el físico David J. Gross(1) en una entrevista publicada en Quanta Magazine en 2013(2). Al leer estas palabras, puede surgirnos una pregunta: ¿hasta qué punto confundimos la realidad con las representaciones que nos hacemos de ella?

La pregunta también puede acompañarnos fuera del ámbito científico. Percibimos, nombramos e interpretamos cuanto nos rodea, pero rara vez nos detenemos a observar qué añadimos nosotros a esa experiencia. Una persona acaba identificada con el juicio que hemos formado sobre ella; una situación, con nuestras expectativas o temores; nosotros mismos, con una historia que parece definir de manera permanente quiénes somos.

Esta reflexión me lleva a recordar una enseñanza de la escuela budista Yogācāra(3) que forma parte de la metafísica budista: las Tres Naturalezas, denominadas imaginada, dependiente y consumada. Esta enseñanza invita a examinar cómo surge nuestra experiencia y cómo atribuimos a lo que percibimos una identidad y una independencia que damos por evidentes. Acercarnos a ella puede ayudarnos a reconocer lo que proyectamos sobre la experiencia y a explorar qué significa contemplarla sin esas atribuciones.

Cómo damos por hecho que las cosas son tal como las percibimos y nombramos

La cuestión de todo lo que viene involucrado en el «mirar a la naturaleza» —lo que hoy llamamos la psicología de la percepción— se introdujo primeramente en la discusión del estilo, como problema práctico, en la enseñanza del arte. El profesor académico volcado hacia la exactitud de la representación descubrió, como todavía descubre ahora, que las dificultades de sus pupilos no se debían sólo a una incapacidad de copiar la naturaleza, sino a una incapacidad de verla.

E.H. Gombrich

En la vida cotidiana solemos dar por hecho que las cosas son tal como las vemos. Reconocemos una forma, le damos un nombre y creemos saber qué tenemos delante. Este proceso resulta necesario para orientarnos y comunicarnos, pero también puede hacer que pasemos por alto la diferencia entre lo que aparece en nuestra experiencia y lo que interpretamos acerca de ello.

Al explorar los colores, los olores, los sabores y los sonidos en el marco de los Cinco Elementos o Movimientos de la Medicina China, vimos que nuestros sentidos nos ofrecen un acceso limitado al mundo. Otros seres perciben sonidos, olores o franjas del espectro luminoso que nos resultan inaccesibles. Nuestra experiencia está, por tanto, condicionada desde el principio: el mundo que percibimos depende, en parte, de nuestras capacidades para percibirlo.

Nuestra percepción está también condicionada por la atención, los recuerdos, el aprendizaje y el estado emocional. Un mismo lugar puede parecernos acogedor o amenazante según las circunstancias; unas palabras pueden recibirse como una crítica o como una ayuda. La experiencia incluye tanto lo que percibimos como la manera en que lo interpretamos.

Los nombres contribuyen a organizar esa experiencia. Al decir «árbol», agrupamos bajo una misma palabra seres muy diversos y reconocemos ciertas características comunes. Sin embargo, el nombre puede llevarnos a pensar en una entidad delimitada y autosuficiente, dejando en segundo plano su dependencia del suelo, del agua, de la luz y de innumerables procesos. La utilidad de la palabra no implica que aquello que nombra posea una existencia independiente.

La dificultad aparece cuando tomamos nuestras distinciones y atribuciones por propiedades que las cosas poseen por sí mismas. Esto resulta especialmente visible en los juicios sobre otras personas: «es egoísta», «es débil», «es alguien de quien no puedo fiarme». Una conducta concreta puede convertirse en una identidad fija, como si el juicio agotara todo lo que esa persona es y pudiera llegar a ser.

Algo semejante sucede con nosotros mismos. A partir de recuerdos, hábitos y expectativas construimos una imagen del «yo» que sentimos estable: «soy así», «siempre he sido de esta manera». Aunque el cuerpo, las emociones y los pensamientos cambian, tendemos a interpretar esa continuidad como la presencia de un núcleo permanente e independiente.

La enseñanza de las Tres Naturalezas de Yogācāra nos invita a examinar esta tendencia. Su análisis presta especial atención a cómo la experiencia aparece dividida entre un sujeto que conoce y un objeto conocido, y a cómo atribuimos a ambos una existencia propia. Para acercarnos a ella, podemos comenzar por una pregunta sencilla: ¿qué estamos percibiendo y qué estamos dando por supuesto acerca de lo percibido?

Las Tres Naturalezas: imaginada, dependiente y consumada

¿Qué es la naturaleza imaginada?
Es lo que se establece mediante nombres y convenciones como la naturaleza o las características distintivas de los fenómenos, con el fin de designarlos.

¿Qué es la naturaleza dependiente?
Es el surgimiento condicionado de los fenómenos: «Cuando esto existe, aquello existe; cuando esto surge, aquello surge». Comprende la secuencia que comienza con «condicionadas por la ignorancia, surgen las formaciones kármicas» y culmina en «así surge toda esta gran masa de sufrimiento».

¿Qué es la naturaleza consumada?
Es la talidad de los fenómenos. Los bodhisattvas la realizan mediante la diligencia y la correcta aplicación de la mente y, cultivando esa realización, alcanzan el despertar insuperable, completo y perfecto.

Samdhinirmocana Sutra, capítulo «Las preguntas de Gunakara».

La doctrina de las Tres Naturalezas (trisvabhāva) ofrece una forma de examinar la experiencia y aquello que atribuimos a lo que percibimos. La naturaleza imaginada, la dependiente y la consumada están estrechamente relacionadas: describen cómo se construye la confusión, sobre qué surge y qué significa reconocer su ausencia.

La naturaleza imaginada: lo que atribuimos a la experiencia

La naturaleza imaginada (parikalpita) comprende las identidades y características que atribuimos a los fenómenos y tomamos como existentes por sí mismas. Percibimos algo, lo nombramos y tendemos a creer que posee, de manera independiente, la naturaleza que le hemos asignado.

Los nombres y conceptos nos permiten comunicarnos y desenvolvernos. La confusión aparece cuando damos por hecho que nuestras designaciones corresponden a esencias propias de las cosas. Una conducta se convierte en «lo que esa persona es»; una emoción pasajera, en «lo que yo soy».

En Yogācāra, esta atribución alcanza especialmente a la separación entre un sujeto que percibe y un objeto percibido, considerados como dos realidades con existencia propia. Esa dualidad se presenta de manera tan espontánea que rara vez examinamos cómo surge.

La naturaleza dependiente: cómo surge la experiencia

La naturaleza dependiente (paratantra) es el surgimiento de los fenómenos mediante causas y condiciones. El Saṃdhinirmocana Sūtra la vincula expresamente con el surgimiento condicionado, pratītyasamutpāda.

Una percepción surge en dependencia de condiciones sensoriales y mentales; un juicio está relacionado con recuerdos, hábitos y aprendizajes; una emoción aparece en circunstancias concretas. Aquello que experimentamos forma parte de procesos condicionados.

La naturaleza dependiente está presente también cuando vivimos en la confusión. Comprenderla nos permite reconocer cómo surge la experiencia, pero su existencia no depende de que hayamos adquirido esa comprensión. Es precisamente sobre ese proceso condicionado donde proyectamos las identidades y separaciones de la naturaleza imaginada.

Por ejemplo, una reacción de enfado surge por determinadas condiciones. Al pensar «soy una persona irritable» podemos convertir ese episodio en una identidad fija. La reacción pertenece al proceso condicionado; la identidad que tomamos como esencia propia es una atribución añadida.

La naturaleza consumada: la ausencia de lo imaginado en lo dependiente

La naturaleza consumada (pariniṣpanna) se explica como la ausencia de la naturaleza imaginada en la dependiente. El mismo sūtra la presenta como la talidad (tathatā) de los fenómenos: aquello que se realiza al reconocer cómo son, sin las atribuciones que proyectamos sobre ellos.

La experiencia condicionada está vacía de la existencia propia y de la dualidad entre sujeto y objeto que le atribuimos. Reconocer esa vacuidad no elimina la aparición de los fenómenos ni sus relaciones causales; transforma la manera de comprenderlos y de aferrarnos a ellos.

Volviendo al ejemplo anterior, el enfado puede reconocerse como un acontecimiento condicionado, sin convertirlo en una esencia personal. Este ejemplo cotidiano ayuda a aproximarnos a la enseñanza, aunque comprenderlo intelectualmente no equivale todavía a la realización profunda de la no dualidad que plantea Yogācāra.

Tres naturalezas, una experiencia

La serpiente aparente, la cuerda y sus fibras de cáñamo

La serpiente, la cuerda y el cáñamo

  • Una persona camina de noche y ve una forma alargada en el suelo. Cree que es una serpiente y siente miedo. Al observarla con más atención, descubre que se trata de una cuerda. La serpiente que temía era una atribución equivocada sobre aquello que había percibido.

  • La serpiente representa la naturaleza imaginada: lo que proyectamos sobre la experiencia y tomamos por real. La cuerda ilustra la naturaleza dependiente: aquello sobre lo que surge esa atribución y que, a su vez, existe mediante causas y condiciones.

  • La reflexión puede continuar. Lo que llamamos «cuerda» está compuesto por fibras de cáñamo entrelazadas. Su nombre permite designar una disposición concreta de materiales, pero no encontramos una esencia de «cuerda» independiente de sus componentes y de las condiciones que la han producido.

  • En esta analogía, el reconocimiento del cáñamo ilustra la naturaleza consumada, siempre que entendamos que tampoco las fibras constituyen una sustancia última. Lo decisivo es reconocer la ausencia de la naturaleza que habíamos atribuido: la cuerda nunca fue una serpiente, y aquello que llamamos cuerda tampoco posee una esencia independiente.

La naturaleza imaginada comprende las proyecciones y creencias que tomamos como propiedades intrínsecas de las cosas; la dependiente expresa su surgimiento mediante causas y condiciones; y la consumada, su vacuidad respecto de la dualidad que les atribuimos. Cuando dejamos de atribuir a la naturaleza dependiente la dualidad y la existencia propia que imaginamos en ella, reconocemos la naturaleza consumada: la naturaleza dependiente vacía de la imaginada.

Esta enseñanza guarda una estrecha afinidad con la doctrina mahāyāna de las Dos Verdades: la convencional y la última. La verdad convencional permite describir los fenómenos y sus relaciones condicionadas; la última apunta a su vacuidad. Desde esta perspectiva, podemos relacionar la naturaleza dependiente con el surgir condicionado y la consumada con la vacuidad de ese mismo surgir. Son dos aspectos inseparables de los fenómenos: cómo surgen y cómo carecen de la existencia propia que imaginamos en ellos.

El Saṃdhinirmocana Sūtra lo ilustra mediante un cristal transparente que, al entrar en contacto con un color, parece un zafiro, un rubí o una esmeralda. El cristal corresponde a la naturaleza dependiente; tomarlo por la piedra preciosa que aparenta ser expresa la naturaleza imaginada; su ausencia de la naturaleza de esas piedras ilustra la consumada.

La enseñanza nos invita, por tanto, a examinar una misma experiencia: cómo surge, qué le atribuimos y qué reconocemos cuando dejamos de tomar esas atribuciones por su realidad.

Sobre el autor:

yunlinshanren

David Quiroga

Estudio, experimento y escribo, intentando siempre seguir este orden. Explorador del equilibrio entre nuestras diferentes manifestaciones —física, energética y espiritual— en la aparente individualidad, formando parte de un todo. Practicante de Medicina China, Shiatsu, meditación y otras artes —marciales y no marciales— encuentro en la naturaleza y la montaña mi refugio e inspiración.

 

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