Durante mucho tiempo, el sistema de los Tres Yin–Tres Yang se ha interpretado principalmente como un modelo para clasificar enfermedades, especialmente a partir de su uso en el Shang Han Lun. Sin embargo, esta lectura puede ser limitada si tenemos en cuenta que, la Medicina China no parte de la enfermedad, sino de la observación del funcionamiento del ser humano en relación con su entorno. Antes de convertirse en un sistema clínico, el 3Y–3Y fue una forma de comprender cómo el cuerpo se organiza, se mueve y se adapta.
En un artículo publicado recientemente en Chinese Medicine and Culture1, Edwin C. L. Yu invita a repensar el sistema de los Tres Yin–Tres Yang (三陰三陽) como el resultado de un proceso evolutivo basado en la observación del funcionamiento del cuerpo.
Yu plantea que el desarrollo del sistema de los 3Y–3Y sigue una progresión gradual: desde el yin-yang aplicado al cosmos, pasando por su aplicación al cuerpo, hasta la observación del movimiento corporal y la organización funcional basada en un modelo tripodal. En este contexto, los primeros indicios de los meridianos no corresponden a un sistema completo de canales, sino a líneas funcionales derivadas de la experiencia corporal y la manipulación terapéutica. Hallazgos arqueológicos, como las figurillas de Shuangbaoshan, muestran precisamente un estadio temprano en el que el sistema aún no estaba plenamente desarrollado, con predominio de líneas yang y ausencia parcial de las yin.

La figurilla de Shuangbaoshan constituye una de las evidencias arqueológicas más reveladoras para comprender el estado temprano del sistema de canales. Se trata de una figura lacada de la dinastía Han en cuya superficie aparecen trazadas una serie de líneas que se interpretan como formas primitivas de meridianos, un modelo aún incompleto y en proceso de desarrollo.
Uno de los aspectos más significativos es la distribución de estas líneas: en las extremidades inferiores aparecen claramente representadas tres líneas de carácter yang, mientras que las líneas yin están ausentes o no definidas. Este hecho sugiere que, en una fase temprana, la comprensión del cuerpo estaba más vinculada al movimiento y a la acción —asociados al yang— que a las funciones internas más complejas relacionadas con el yin, que se desarrollarían posteriormente.
Desde esta perspectiva, la figurilla de Shuangbaoshan no debe interpretarse como una representación anatómica precisa, sino como un testimonio de cómo se estaban identificando y organizando las primeras “líneas funcionales” del cuerpo. Refleja un momento en el que el conocimiento médico aún no había integrado plenamente los órganos internos ni la sistematización posterior del modelo 3Y–3Y, mostrando así una etapa intermedia clave en la evolución del pensamiento médico chino.
El 3 como estabilidad óptima y el 6 como desarrollo completo
Un aspecto fundamental en la evolución del sistema 3Y–3Y es la importancia cultural y conceptual del número tres en la China antigua. Tal como señala Yu, el número tres no era una simple convención numérica, sino que representaba estabilidad, estructura y organización. Un ejemplo especialmente significativo es el caldero ritual ding (鼎), cuya base tripodal ofrecía una estabilidad óptima incluso en superficies irregulares. Este principio de soporte en tres puntos no solo tuvo relevancia técnica y simbólica, sino que también parece haber influido en la forma en que se comprendía el equilibrio del cuerpo humano, particularmente en su relación con el movimiento y la sustentación.
Desde esta perspectiva, el modelo tripodal se habría trasladado al cuerpo como una forma de entender su organización dinámica: tres direcciones o ejes de acción en el yang, especialmente visibles en las extremidades inferiores, que permiten estabilidad y movilidad al mismo tiempo. La evidencia arqueológica, como la figurilla de Shuangbaoshan, refuerza esta idea al mostrar precisamente tres líneas yang bien definidas en las piernas, lo que sugiere que esta estructura ternaria fue uno de los primeros esquemas utilizados para mapear el cuerpo en términos funcionales.
A partir de esta base, el paso al número seis puede entenderse como un desarrollo natural hacia una mayor complejidad y completitud.
En la tradición china, el seis representa el desarrollo completo de un ciclo. Tras el sexto mes del año se alcanza el solsticio de verano, a partir del cual el yang comienza a declinar durante seis meses, hasta el solsticio de invierno, donde el ciclo se reinicia. De manera análoga, el día se divide en doce periodos de dos horas (shichen), seis de día y seis de noche. Asimismo, los hexagramas del I Ching, formados por seis líneas, representan las distintas configuraciones del cambio, expresando el movimiento continuo de los ciclos.
El seis marca la culminación del ciclo: cuando el yang alcanza su punto máximo, comienza ya su descenso, dando lugar al retorno del yin en un movimiento continuo de transformación.
Así, el modelo inicial de tres se duplica y se equilibra, dando lugar a los seis niveles energéticos del sistema 3Y–3Y. Este paso refleja la transición desde una comprensión estructural y mecánica del cuerpo hacia un modelo más sofisticado, capaz de integrar tanto la acción (yang) como el soporte y la regulación (yin) dentro de un marco coherente y aplicable a la práctica médica.
Relación entre meridianos y función (no solo anatomía)
Otro aspecto clave que se desprende del análisis de Yu es que los meridianos no deben entenderse originalmente como estructuras anatómicas en el sentido moderno, sino como expresiones de la función. En sus fases iniciales, las líneas que más tarde se identificarían como canales no describían trayectos fijos ligados a órganos, sino recorridos derivados de la experiencia corporal: del movimiento, de la sensación y de la respuesta a la manipulación terapéutica.
En este contexto, los meridianos aparecen primero como “líneas de respuesta”, es decir, trayectorias a lo largo de las cuales el cuerpo manifestaba cambios perceptibles —dolor, tensión, alivio— al ser estimulado. Estas observaciones, repetidas y verificadas a lo largo del tiempo, fueron dando lugar a una cierta regularidad que permitió reconocer patrones. Sin embargo, estos patrones eran funcionales antes que estructurales: describían cómo el cuerpo actúa y reacciona, más que cómo está constituido en términos anatómicos.
Aunque los meridianos se integraron posteriormente en un sistema formal vinculado a órganos, qi y sangre, siguen manteniendo un sentido funcional: expresan dinámicas del cuerpo más que estructuras anatómicas.
Solo en una etapa posterior estos recorridos se integran en un sistema más formal, relacionándose con los órganos internos, el qi, la sangre y los ciclos naturales. Es entonces cuando los meridianos adquieren la forma que hoy conocemos. Pero incluso en ese momento, su sentido profundo sigue siendo funcional: no son “canales” en el sentido físico, sino formas de describir dinámicas del organismo. Desde esta perspectiva, el sistema de meridianos —y en particular el modelo 3Y–3Y— expresa modos de funcionamiento del cuerpo, lo que permite comprender tanto la fisiología como la patología dentro de un mismo marco.
En este punto me viene a la cabeza el sistema desarrollado por Mukaino Yoshito2, en el que se establece una correlación entre los meridianos y los sistemas musculares. Desde este enfoque, los canales no se entienden unicamente como trayectorias abstractas o exclusivamente energéticas, sino que guardan una estrecha relación con las cadenas musculares y patrones de movimiento que recorren el cuerpo.
El vínculo entre meridianos y cadenas musculares refuerza la idea de que los canales describen patrones funcionales de movimiento, no estructuras independientes.
Esta aproximación conecta de manera directa con la idea, señalada por Yu, de que el origen de los meridianos está ligado al movimiento y a la organización funcional del cuerpo. Si los primeros “canales” surgieron de la observación de cómo el cuerpo se mueve, se equilibra y responde a la manipulación, no resulta extraño que puedan encontrar correspondencias claras con estructuras como las cadenas musculares o las líneas miofasciales descritas en la actualidad. En ambos casos, lo que se está describiendo no es tanto una estructura aislada, sino un patrón de funcionamiento integrado.
La relación funcional entre el cuerpo y los canales de acupuntura se hace especialmente evidente en los distintos sistemas de Qi Gong, donde el trabajo no se dirige a estructuras anatómicas aisladas, sino a patrones globales de movimiento, respiración y atención. En estas prácticas, los canales no se abordan como trayectorias fijas, sino como dinámicas que se activan, se regulan y se perciben a través del movimiento consciente. Al abrir, cerrar, girar o sostener el cuerpo de determinadas maneras, se ponen en juego las mismas relaciones de acción, soporte y regulación que subyacen al sistema 3Y–3Y. De este modo, en el Qi Gong puede experimentarse directamente la dimensión funcional de los meridianos, permitiendo que el cuerpo reorganice su equilibrio interno a partir del movimiento y la percepción.
El movimiento, y no la estructura, es la vía para reorganizar el equilibrio del organismo.
En esta misma línea, resulta igualmente sugerente establecer un paralelismo con el sistema Sotai desarrollado por Keizo Hashimoto3. Sotai parte de una idea fundamental: el cuerpo no se corrige actuando directamente sobre la estructura, sino facilitando movimientos que respeten su lógica interna de equilibrio. A través de la búsqueda de direcciones de movimiento más cómodas o naturales, el sistema permite reorganizar tensiones y restablecer la armonía funcional del organismo. Esta forma de trabajo pone el énfasis, no en la lesión o la patología, sino en cómo el cuerpo se mueve y se adapta en cada momento. Si los meridianos emergen de patrones de movimiento y de la experiencia corporal, entonces prácticas como Sotai pueden entenderse como una vía directa para acceder a esos mismos principios desde la práctica.
El paso final: sistema completo 3Y–3Y
El paso final en esta evolución es la consolidación del sistema completo 3Y–3Y, en el que los tres niveles yin y los tres niveles yang quedan plenamente integrados en un modelo coherente. Este momento no representa una simple ampliación cuantitativa, sino un verdadero salto cualitativo: el paso desde una comprensión fragmentaria y funcional del cuerpo hacia una visión unificada capaz de relacionar movimiento, estructura, órganos y entorno dentro de un mismo marco.

Con la formalización del sistema 3Y–3Y, los distintos elementos desarrollados a lo largo del tiempo —las líneas funcionales, la organización tripodal, la diferenciación yin-yang y la lógica numérica— se articulan en un conjunto que permite describir tanto la fisiología como la patología. Desde esta perspectiva, el sistema 3Y–3Y (三陰三陽) no puede reducirse a una herramienta diagnóstica ni a una clasificación de enfermedades. Es, ante todo, una forma de comprender el funcionamiento del ser humano en su totalidad. Recuperar esta dimensión permite no solo profundizar en la Medicina China clásica, sino también abrir nuevas vías de integración con enfoques contemporáneos que, desde distintos lenguajes, siguen explorando la misma realidad: la del cuerpo como proceso vivo, dinámico y en permanente adaptación.
Sobre el autor:

David Quiroga
Estudio, experimento y escribo, intentando siempre seguir este orden. Explorador del equilibrio entre nuestras diferentes manifestaciones —física, energética y espiritual— en la aparente individualidad, formando parte de un todo. Practicante de Medicina China, Shiatsu, meditación y otras artes —marciales y no marciales— encuentro en la naturaleza y la montaña mi refugio e inspiración.




