Mandala: geometría sagrada y transformación interior

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En la actualidad, la palabra mandala suele evocar una composición geométrica organizada alrededor de un centro. Sus formas simétricas y sus colores han hecho que se utilice con frecuencia como objeto decorativo, recurso artístico o práctica de relajación. Sin embargo, dentro de las tradiciones budistas, el mandala posee un significado mucho más profundo: no es solamente una imagen que se contempla, sino la representación de un espacio sagrado en el que el mundo ordinario puede ser percibido desde la perspectiva del despertar.

El término sánscrito maṇḍala puede aludir a un círculo, un disco, un territorio o una totalidad organizada. En sus usos rituales más antiguos designaba también un terreno delimitado y preparado para la celebración de una ceremonia. Esta dimensión espacial se conserva en la expresión bodhimaṇḍa, el «lugar del despertar», asociada originalmente al lugar en el que el Budda Śākyamuni alcanzó la iluminación. En China y Japón se tradujo como dàochǎng o dōjō 道場, literalmente «lugar del Camino», expresión que acabaría designando cualquier espacio dedicado a la práctica.

El Dharma trasciende las palabras, pero sin ellas no puede revelarse. La Talidad trasciende las formas, pero sin apoyarse en ellas no puede realizarse. Aunque a veces se pueda caer en el error de confundir el dedo que señala la luna con la luna misma, las enseñanzas del Buda que guían a las personas son ilimitadas. Sin embargo, no se valoran en absoluto las hazañas extraordinarias que puedan deslumbrar la vista ajena. Las enseñanzas del Buda son, en verdad, tesoros que ayudan a pacificar la nación y a beneficiar a las personas.

Kukai (Kobo Daishi 弘法大師) 774-835

Con el desarrollo del budismo esotérico, el mandala se convirtió en una representación ordenada del universo iluminado. En su centro suele encontrarse un buda o una figura principal, rodeada por otras manifestaciones, símbolos, colores y direcciones que expresan diferentes cualidades del despertar. Sus círculos, cuadrados, puertas y recintos pueden parecer una construcción puramente geométrica, pero funcionan como la planta de un palacio contemplado desde arriba. Mediante la visualización y el ritual, esa superficie bidimensional se transforma en un ámbito tridimensional al que el practicante entra simbólicamente.

El mandala es, por tanto, imagen y territorio, cosmología y experiencia. Puede adoptar la forma de una pintura, un diagrama de arena, una disposición de esculturas o incluso un templo y su entorno. En Japón, la idea se amplió además hasta abarcar representaciones de Tierras Puras, santuarios, montañas y rutas de peregrinación. El paisaje humano podía así identificarse con la geografía de los budas: el espacio cotidiano no desaparecía, sino que era contemplado como manifestación de una realidad más profunda.

También puede entenderse como un mapa de la mente, siempre que no lo reduzcamos a una interpretación exclusivamente psicológica. El mandala relaciona el cosmos exterior, el cuerpo, la mente y el ámbito de los budas. Entrar en él significa recorrer un universo ordenado alrededor de un centro y reconocer que las cualidades representadas por sus figuras no son completamente ajenas al practicante.

¿Qué significa maṇḍala?

La palabra sánscrita maṇḍala मण्डल posee un campo semántico más amplio que el término «círculo» con el que habitualmente se traduce. Puede designar un disco, una esfera, una circunferencia, un territorio, una región o un conjunto organizado. En todos estos sentidos aparece la idea de algo delimitado que forma una unidad, generalmente ordenada alrededor de un centro.

En el contexto religioso indio, maṇḍala también puede referirse a un terreno marcado, preparado y consagrado para la celebración de un rito. Antes de convertirse en una compleja pintura poblada por budas y bodhisattvas, el mandala era, ante todo, un espacio diferenciado del entorno ordinario. Su límite separaba el recinto ritual y, al mismo tiempo, protegía y organizaba aquello que debía manifestarse en su interior.

Esta dimensión se encuentra también en el término bodhimaṇḍa, el lugar o asiento del despertar. Originalmente alude al espacio en el que el Budda Śākyamuni alcanzó la iluminación, pero posteriormente pasó a designar cualquier lugar consagrado a la práctica o a la manifestación del despertar. En chino se tradujo como dàochǎng 道場 y en japonés como dōjō, literalmente «lugar del Camino». La palabra japonesa que hoy asociamos principalmente con las artes marciales conserva, por tanto, un origen religioso: el dōjō es el lugar donde el Camino se practica y se hace presente.

Los textos budistas esotéricos desarrollaron además una interpretación doctrinal de la palabra maṇḍala. Dividieron simbólicamente el término en manda, entendido como «esencia», y la, interpretado como «posesión», «recepción» o «realización». La «esencia» sería aquí el despertar perfecto, de modo que el mandala representaría la posesión o realización de esa esencia. No se trata de una etimología lingüística demostrada, sino de una explicación contemplativa destinada a revelar el significado religioso del término.(1)

Cuando el budismo se difundió por China y Japón, la palabra fue transliterada mediante los caracteres 曼荼羅: en chino, màntúluó; en japonés, mandara. Los caracteres reproducen aproximadamente el sonido del término sánscrito y no ofrecen por sí mismos una traducción de su significado.

Traducir maṇḍala simplemente como «círculo» resulta, por tanto, insuficiente. Un mandala es una totalidad delimitada y ordenada; un espacio en el que cada figura, símbolo y dirección ocupa una posición significativa. Puede representar el universo, el palacio de un buda, una comunidad de figuras iluminadas o el despliegue de diferentes cualidades de la mente. Su centro no es solamente un punto geométrico, sino el principio que proporciona sentido y coherencia a todo cuanto lo rodea.

Desde esta perspectiva, el mandala no es únicamente una representación de un espacio sagrado: es también el medio mediante el cual ese espacio se establece y se hace accesible. Contemplarlo, construirlo o entrar ritualmente en él supone abandonar por un momento la percepción fragmentada del mundo para descubrir una realidad organizada alrededor del despertar.

El mandala en el budismo esotérico

Dado que las enseñanzas del budismo esotérico son tan profundas que desafían su expresión por escrito, se revelan a través de la pintura a aquellos que aún no han alcanzado la iluminación. Las diversas posturas y mudras [representados en los mandalas] son fruto de la gran compasión del Buda; su contemplación puede permitir alcanzar el estado de buda. Los secretos de los sutras y comentarios aparecen representados en gran medida en estas pinturas, y en ellas se exponen, en realidad, todos los aspectos esenciales de las doctrinas del budismo esotérico. Ni maestros ni discípulos pueden prescindir de ellas; son, ciertamente, [la expresión de] la raíz y el origen de la vasta asamblea —semejante a un océano— [de los Iluminados, es decir, el mundo de la iluminación].

Kukai (Kobo Daishi 弘法大師) 774-835

El mandala adquirió una importancia central con el desarrollo del budismo esotérico en la India y su posterior difusión por el Tíbet, China y Japón. En estas tradiciones no constituye solamente una representación simbólica del universo, sino un instrumento ritual y contemplativo mediante el cual se establece el ámbito de un buda y se guía al practicante hacia una transformación de su propia experiencia.

En el centro del mandala suele situarse una figura principal, rodeada por otros budas, bodhisattvas, divinidades protectoras y diferentes manifestaciones de su séquito. Su posición no responde a criterios meramente decorativos. Cada figura, color, dirección, gesto, sílaba y objeto ritual expresa una cualidad concreta y ocupa un lugar determinado dentro del conjunto. El mandala presenta así un universo en el que nada aparece de manera aislada: cada elemento adquiere su significado mediante la relación que mantiene con el centro y con los demás componentes.

La figura central puede entenderse como la expresión visible del principio que organiza todo ese ámbito. No es simplemente una divinidad exterior a la que se dirige la devoción, aunque también pueda ser objeto de veneración. Representa una modalidad particular del despertar: la sabiduría, la compasión o la actividad iluminada manifestadas bajo una forma accesible a la imaginación, la contemplación y el ritual. Las figuras que la rodean despliegan diferentes aspectos de esa misma realidad.

Muchos mandalas presentan una estructura formada por círculos concéntricos que rodean un recinto cuadrado con cuatro puertas orientadas hacia los puntos cardinales. La parte cuadrada representa habitualmente un palacio, contemplado desde arriba como si se tratara de una planta arquitectónica. Sus muros, entradas, patios y espacios interiores determinan diferentes grados de aproximación al centro. Los círculos exteriores pueden señalar los límites del espacio consagrado y actuar como zonas de protección o purificación.

La pintura, sin embargo, muestra únicamente la superficie visible del mandala. Durante la contemplación, el practicante debe reconstruirla como un espacio tridimensional. Las líneas se convierten en muros, las puertas se abren hacia las distintas direcciones y las figuras representadas aparecen ocupando sus respectivos lugares. El mandala deja entonces de ser una imagen situada frente al observador para convertirse en un mundo al que se entra.

Este acceso no depende solamente de la imaginación individual. En muchas tradiciones esotéricas se encuentra vinculado a una iniciación —sánscrito abhiṣeka— transmitida por un maestro. Durante la ceremonia, el discípulo es introducido simbólicamente en el mandala y establece una relación con la figura central y con el ciclo de enseñanzas al que pertenece. La imagen puede ser contemplada como una obra religiosa o artística, pero su utilización ritual plena requiere conocer las instrucciones, visualizaciones y prácticas asociadas a ella.

Entrar en el mandala representa abandonar temporalmente la percepción ordinaria, en la que nos experimentamos como individuos separados dentro de un mundo fragmentado. El practicante imagina que atraviesa sus puertas, ocupa su espacio y participa de las cualidades expresadas por sus habitantes. En determinadas prácticas puede llegar a visualizarse a sí mismo bajo la forma de la figura principal. No se trata simplemente de adoptar una identidad fantástica, sino de debilitar la identificación habitual con un yo fijo y reconocer las posibilidades de transformación presentes en la propia mente.

Esta práctica se apoya en la correspondencia entre cuerpo, palabra y mente. El cuerpo participa mediante la postura y los gestos rituales o mudrā; la palabra, mediante la recitación de mantras y sílabas sagradas; y la mente, mediante la concentración y la visualización. En el budismo esotérico de Asia oriental, especialmente en Shingon, esta integración recibe el nombre de los Tres Misterios: el misterio del cuerpo, el misterio de la palabra y el misterio de la mente. Cuando las acciones del practicante se corresponden con las del buda, la separación entre ambos comienza simbólicamente a disolverse.

El mandala expresa así una visión en la que el despertar no se encuentra únicamente en un mundo remoto. El palacio y sus habitantes pueden representar un ámbito trascendente, pero también revelan una dimensión iluminada de la realidad presente. Las pasiones, energías y formas de conciencia que habitualmente producen sufrimiento no tienen que ser simplemente rechazadas: mediante la práctica pueden ser reconocidas, reorganizadas y transformadas en diferentes modalidades de sabiduría.

Por esta razón, incluso las figuras coléricas que aparecen en algunos mandalas no deben interpretarse como personificaciones del mal. Su aspecto amenazador puede expresar la fuerza necesaria para destruir la ignorancia, proteger la práctica o transformar las emociones perturbadoras. Dentro del orden del mandala, tanto las figuras serenas como las coléricas participan de una misma finalidad liberadora.

El mandala es, por tanto, al mismo tiempo un mapa del cosmos, un palacio sagrado y una representación de las posibilidades de la mente. Su organización alrededor de un centro muestra cómo la multiplicidad puede desplegarse sin perder su unidad. El practicante no contempla desde fuera un universo perfecto y ajeno, sino que aprende a reconocer su propia experiencia como parte de ese orden y a recorrer el camino que conduce desde la periferia dispersa hasta el centro del despertar.

Shingon y el Mandala de los Dos Mundos

La escuela Shingon —japonés Shingon-shū 真言宗— constituye una de las principales expresiones del budismo esotérico en Japón. Su nombre significa literalmente «escuela de la Palabra Verdadera»: shingon 真言 es la traducción sinojaponesa del sánscrito mantra. Para esta tradición, la realidad iluminada no se comunica únicamente mediante conceptos, sino también a través de imágenes, sonidos, gestos y formas rituales capaces de expresar aquello que las palabras ordinarias no alcanzan a describir.

La figura central de Shingon es Mahāvairocana —japonés Dainichi Nyorai 大日如来—, el «Gran Budda Solar». Dainichi no debe entenderse simplemente como un buda individual situado dentro del universo, sino como la personificación del Dharmakāya: la realidad última que sostiene e impregna todos los fenómenos. El universo entero, con sus formas, sonidos y movimientos, puede ser contemplado como la manifestación de su cuerpo, su palabra y su mente.

Esta concepción encuentra su expresión visual más completa en el Mandala de los Dos Mundos —Ryōkai Mandara 両界曼荼羅—, formado por dos grandes composiciones complementarias:(2)

  • El Mandala del Mundo de la Matriz —Taizōkai Mandara 胎蔵界曼荼羅—.
  • El Mandala del Mundo del Vajra —Kongōkai Mandara 金剛界曼荼羅—.

Ambos tienen como centro a Dainichi Nyorai, pero muestran la realidad iluminada desde perspectivas diferentes. No representan dos universos independientes ni una oposición entre materia y espíritu. Son dos maneras de contemplar un mismo despertar: su capacidad para manifestarse compasivamente en innumerables formas y la sabiduría indestructible que reconoce su verdadera naturaleza.

El Mundo de la Matriz

Mandala Taizokai

[Mandala del Mundo de la Matriz —Taizōkai Mandara 胎蔵界曼荼羅—, Japón, periodo Heian, año 899.]

El Mandala del Mundo de la Matriz se relaciona principalmente con el Mahāvairocana Sūtra —japonés Dainichikyō 大日経—. El término sánscrito garbhadhātu puede traducirse como «ámbito de la matriz» o «del receptáculo». La imagen de la matriz evoca aquello que recibe, contiene, nutre y permite desarrollarse.

En su centro aparece Dainichi Nyorai sobre un loto de ocho pétalos, acompañado por cuatro budas y cuatro bodhisattvas. A partir de este núcleo, las figuras se despliegan por diferentes recintos o secciones, como si las cualidades de la iluminación se extendieran progresivamente hacia todos los ámbitos de la existencia.

El Mundo de la Matriz se relaciona con la dimensión física y fenoménica: el ámbito en el que la realidad iluminada adquiere forma y se manifiesta mediante los cinco grandes elementos —tierra, agua, fuego, viento y espacio—. Desde esta perspectiva, el Mundo de la Matriz representa el aspecto generativo y compasivo de Dainichi Nyorai: la fuerza que recibe, nutre y permite el despliegue de las innumerables formas de la existencia. También sugiere que todos los seres contienen la posibilidad del despertar, del mismo modo que una matriz contiene y protege aquello que todavía debe desarrollarse. 

Por ello, las figuras del Mandala de la Matriz no ocultan una realidad espiritual situada más allá del mundo: son precisamente su manifestación visible. 

El Mundo del Vajra

Mandala Kongokai

[Mandala del Mundo del Diamante —Kongōkai Mandara 金剛界曼荼羅—, Japón, periodo Heian, año 899.]

El Mandala del Mundo del Vajra se vincula con el ciclo textual del Vajraśekhara —conocido en Japón como Kongōchōgyō 金剛頂経—. La palabra sánscrita vajra designa el diamante y el rayo, imágenes de aquello que es indestructible y posee la capacidad de atravesar la ignorancia.

Este mandala se organiza habitualmente en nueve grandes asambleas. Cada una presenta diferentes agrupaciones, símbolos y actividades de los budas, mostrando distintos aspectos del conocimiento iluminado. Aunque cada asamblea puede contemplarse como una composición completa, las nueve forman conjuntamente una visión ordenada del Mundo del Vajra.

El Mundo del Diamante (Vajra), se asocia con el sexto elemento, la conciencia, y con la sabiduría que reconoce la verdadera naturaleza de los fenómenos. Desde esta perspectiva, el Mundo de la Matriz representa el aspecto generativo y compasivo de Dainichi Nyorai y el Mundo del Diamante expresa, en cambio, la claridad e indestructibilidad de la conciencia iluminada, capaz de atravesar la ignorancia y reconocer la unidad que subyace a esa multiplicidad.

Esta distinción entre materia y conciencia —o, en un lenguaje más próximo al empleado por algunos autores modernos, entre mundo material y mundo espiritual— no establece dos realidades independientes. En el pensamiento Shingon, los seis grandes elementos se interpenetran sin obstáculos y constituyen conjuntamente el cuerpo de Mahāvairocana. La materia no existe separada de la conciencia que la ilumina, ni la conciencia aparece al margen del mundo de las formas.

El Mandala de la Matriz muestra la realidad iluminada desplegándose como forma y actividad compasiva; el Mandala del Diamante revela la sabiduría que la reconoce. Contemplados conjuntamente, ambos expresan la no dualidad entre materia y mente, forma y vacuidad, compasión y sabiduría.

Huiguo y Kūkai

La unión de estos dos mandalas como una pareja complementaria se consolidó en el budismo esotérico chino de la dinastía Tang. Kūkai 空海 (774–835), fundador de Shingon, recibió su transmisión de Huiguo 惠果 (746–805), maestro del monasterio Qinglong de Chang’an.(3)

Huiguo había heredado distintas corrientes del budismo esotérico y las integró en un sistema en el que los dos mandalas podían contemplarse conjuntamente. Durante su estancia en China, Kūkai recibió de él iniciaciones, textos, objetos rituales e instrucciones sobre sus significados. Tras regresar a Japón, convirtió el Mandala de los Dos Mundos en uno de los fundamentos doctrinales, visuales y rituales de Shingon.

En los templos, ambas composiciones pueden colgarse enfrentadas: el Mundo de la Matriz al este y el Mundo del Vajra al oeste. El espacio situado entre ellas no es secundario. Allí se desarrolla el ritual y se sitúa el practicante, rodeado simbólicamente por las dos dimensiones de la realidad iluminada.

Durante determinadas ceremonias de iniciación —kanjō 灌頂—, el iniciado puede entrar con los ojos cubiertos y arrojar una flor sobre el mandala. La figura sobre la que cae señala su afinidad ritual y establece una relación particular con esa manifestación del despertar. El mandala no funciona entonces como una ilustración que deba ser explicada desde fuera, sino como un espacio en el que el practicante es introducido personalmente.(4)

Dos mandalas, una sola realidad

La disposición conjunta de los dos mandalas permite comprender una de las ideas fundamentales de Shingon: el mundo de los fenómenos y la realidad iluminada no se encuentran separados. El cuerpo, la palabra y la mente del practicante participan ya del cuerpo, la palabra y la mente de Dainichi, aunque esta correspondencia permanezca oscurecida por la ignorancia.

Mediante los mudras, los mantras y la contemplación del mandala, el practicante armoniza sus propias acciones con los Tres Misterios de Dainichi. La finalidad no consiste en abandonar el cuerpo ni en escapar del mundo, sino en reconocer su verdadera naturaleza. Esta posibilidad se expresa en la enseñanza de alcanzar la budeidad «en este mismo cuerpo» —sokushin jōbutsu 即身成仏—.(5)

El Mandala de los Dos Mundos representa visualmente este principio. La Matriz muestra la iluminación manifestándose en la diversidad de los seres y los fenómenos; el Vajra revela la sabiduría indestructible que los atraviesa. Contemplados conjuntamente, ambos muestran que la unidad no elimina la multiplicidad y que la multiplicidad nunca ha estado separada de su fundamento.

El mandala como mapa de la mente

Comprender el mandala como un mapa de la mente no significa reducirlo a una representación psicológica en el sentido moderno. Dentro del budismo esotérico no existe una separación rígida entre el mundo exterior y la experiencia interior. El cosmos, el cuerpo y la mente mantienen correspondencias y pueden ser contemplados como diferentes manifestaciones de una misma estructura.

El mandala representa un universo completo organizado alrededor de un centro. De manera semejante, nuestra experiencia no está formada por pensamientos y emociones completamente aislados, sino por procesos que se condicionan entre sí y se organizan alrededor de determinadas formas de percibirnos y comprender el mundo. Cuando cambia ese centro de interpretación, también cambia la realidad que experimentamos.

En la vida cotidiana solemos permanecer en la periferia: la atención se desplaza continuamente entre deseos, preocupaciones, recuerdos, temores y estímulos externos. Cada contenido reclama momentáneamente el centro y parece definir por completo nuestra experiencia. El mandala ofrece una imagen diferente. La multiplicidad no desaparece, pero deja de presentarse como un conjunto caótico de impulsos enfrentados y se ordena en relación con un centro estable.

Ese centro está ocupado habitualmente por un buda o una figura que encarna una cualidad iluminada. No representa un yo superior que deba sustituir al yo ordinario, sino una forma de conciencia que ya no está dominada por la apropiación, la aversión o la ignorancia. Las figuras que lo rodean pueden entenderse como diferentes expresiones de esa misma sabiduría: capacidades, energías y funciones que adquieren su sentido al integrarse dentro del conjunto.

Desde esta perspectiva, entrar en el mandala simboliza una transformación de la identidad. Al principio, el practicante contempla el palacio desde fuera y se percibe separado de la figura central. Después atraviesa sus puertas, recorre sus espacios y se aproxima progresivamente al centro. En determinadas prácticas llega a visualizarse bajo la forma de la propia figura búdica. La distancia entre quien contempla y aquello que es contemplado comienza entonces a disolverse.

Esta identificación no pretende afirmar la existencia de una personalidad divina oculta dentro de nosotros. Su finalidad es interrumpir la imagen limitada y rígida con la que habitualmente nos identificamos. Al adoptar ritualmente el cuerpo, la palabra y la mente de un buda, el practicante ensaya una manera diferente de percibir, hablar y actuar. La visualización se convierte así en una forma de educar la atención y reorganizar la experiencia.

Las figuras serenas y coléricas que habitan algunos mandalas muestran que esta transformación no consiste necesariamente en rechazar las fuerzas difíciles de la mente. La ira, el deseo, el orgullo, el miedo o la envidia producen sufrimiento cuando surgen condicionados por la ignorancia y la identificación. Sin embargo, la energía que contienen puede ser reconocida y transformada. Una figura colérica puede representar una lucidez enérgica que destruye los obstáculos; una figura protectora, la firmeza necesaria para preservar la práctica; una figura compasiva, la capacidad de responder al sufrimiento sin quedar atrapado en él.

El orden del mandala no elimina, por tanto, los diferentes aspectos de la experiencia, sino que les proporciona una orientación. Lo que en la periferia aparece como fragmentación puede revelar, desde el centro, una red de relaciones. Cada figura conserva sus rasgos particulares, pero participa de una totalidad mayor y expresa una posibilidad del despertar.

Las puertas y recintos del palacio también pueden leerse como diferentes niveles de aproximación. Antes de llegar al centro es necesario atravesar límites, reconocer obstáculos y abandonar progresivamente la manera ordinaria de organizar la experiencia. El recorrido no representa solamente un desplazamiento espacial, sino una modificación de la mirada. El mundo no tiene que desaparecer para que aparezca el mandala; lo que cambia es la forma de percibirlo.

En Shingon, esta transformación se expresa mediante la correspondencia entre los Tres Misterios del practicante y los de Dainichi Nyorai. El cuerpo participa mediante los gestos y la postura; la palabra, mediante el mantra; y la mente, mediante la contemplación. Cuando estas tres dimensiones actúan de manera unificada, el mandala deja de ser una pintura exterior y se manifiesta en la propia actividad del practicante.

Podemos entender así el mandala como un mapa, pero no como un mapa que describa un territorio ajeno. Su estructura muestra simultáneamente el universo, el ámbito de los budas y la experiencia de quien lo contempla. El paisaje exterior y el interior se reflejan mutuamente: las montañas, palacios y figuras sagradas expresan cualidades de la mente, mientras que la mente aprende a reconocerse como parte de un mundo más amplio.

El camino desde la periferia hacia el centro no consiste en aislarse de la diversidad, sino en descubrir el principio que permite integrarla. Alcanzar el centro tampoco supone permanecer inmóvil en él. Desde allí, la sabiduría y la compasión vuelven a desplegarse hacia todas las direcciones. El movimiento del mandala es doble: conduce de la dispersión hacia la unidad y, desde esa unidad, regresa al mundo de las múltiples formas.

El mandala revela así que la transformación interior no consiste en construir una realidad diferente, sino en aprender a contemplar la realidad presente desde el despertar. Allí donde la mente ordinaria encuentra fragmentos separados, el mandala muestra relaciones; donde encuentra fuerzas contradictorias, descubre posibilidades de transformación; y donde imagina una distancia insalvable entre el ser humano y el buda, abre un espacio en el que ambos pueden llegar a reconocerse como inseparables.

Sobre el autor:

yunlinshanren

David Quiroga

Estudio, experimento y escribo, intentando siempre seguir este orden. Explorador del equilibrio entre nuestras diferentes manifestaciones —física, energética y espiritual— en la aparente individualidad, formando parte de un todo. Practicante de Medicina China, Shiatsu, meditación y otras artes —marciales y no marciales— encuentro en la naturaleza y la montaña mi refugio e inspiración.

 

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