La cosmología budista describe un universo formado por diferentes mundos o estados de existencia en los que los seres nacen y mueren condicionados por sus acciones, sus tendencias mentales y el karma acumulado. Entre estas diferentes formas de existencia encontramos los conocidos como Seis Reinos del Saṃsāra.
La palabra sánscrita saṃsāra (संसार) hace referencia al ciclo continuo de nacimiento, muerte y renacimiento. Mientras permanezcan las causas que mantienen este ciclo —fundamentalmente la ignorancia, el apego y la aversión(1)— los seres continúan experimentando diferentes formas de existencia condicionada.
Los seis reinos representan seis grandes posibilidades de renacimiento: dioses (deva), semidioses o asura, seres humanos, animales, espíritus hambrientos (preta) y seres de los infiernos (naraka). Ninguno de ellos constituye un estado permanente. Incluso las existencias aparentemente más afortunadas están sujetas a la impermanencia y terminan cuando se agotan las condiciones que las hicieron posibles.
Tradicionalmente, estos reinos forman parte de la cosmología budista y son descritos como ámbitos reales de renacimiento. Sin embargo, distintas tradiciones han permitido también contemplarlos desde una perspectiva más cercana a nuestra experiencia: como estados o formas de experimentar la realidad que pueden manifestarse en nuestra propia mente.
Desde esta perspectiva, los Seis Reinos constituyen también un extraordinario mapa de la experiencia humana. Podemos reconocer el mundo de los deva cuando vivimos instalados en el bienestar y olvidamos su impermanencia; el de los asura cuando nuestra vida queda dominada por la comparación y la rivalidad; el de los preta cuando nada parece suficiente; o el de los infiernos cuando la ira, el odio o el sufrimiento ocupan completamente nuestra experiencia.
No se trata simplemente de seis emociones diferentes. Cada reino representa una determinada manera de percibirnos a nosotros mismos, relacionarnos con los demás e interpretar el mundo que nos rodea.
Estudiar los Seis Reinos puede servirnos, por tanto, para acercarnos a la cosmología tradicional del budismo, pero también para observar cómo se construyen los mundos que habitamos a partir de nuestras propias tendencias mentales, acciones y condiciones.
Reino de los Devas

Reino de los Devas
Sánscrito: Deva-gati (देवगति)
Chino: 天道 (Tiāndào) — «Reino o vía de los seres celestiales»
Habitantes: Deva (देव) — seres celestiales, habitualmente traducidos como «dioses»
En nosotros: Bienestar, satisfacción y seguridad que pueden conducir al apego, la complacencia y al olvido de la impermanencia.
El Reino de los Devas es la existencia caracterizada por el bienestar, el placer, la belleza, la longevidad y la abundancia. Los deva disfrutan de condiciones extraordinariamente favorables y de una existencia mucho más prolongada que la humana. Sin embargo, a pesar de su apariencia paradisíaca, continúan formando parte del saṃsāra.
Los deva no deben entenderse como dioses creadores ni como seres eternos. Han nacido en esos estados como resultado de causas y condiciones, tradicionalmente relacionadas con la acumulación de karma favorable. Su existencia, por extraordinariamente larga y placentera que pueda ser, también está sometida a la impermanencia.
Precisamente aquí encontramos la principal dificultad de este reino. La abundancia de placer y la ausencia de sufrimiento inmediato pueden hacer que sus habitantes permanezcan absortos en su bienestar, sin percibir la necesidad de buscar la liberación. Cuando el karma que sostiene esa existencia se agota, también el deva debe morir y puede renacer en cualquiera de los otros reinos.
Por ello, desde la perspectiva budista, una existencia extremadamente placentera no equivale necesariamente a una existencia espiritualmente favorable. El placer puede convertirse también en una forma de apego.
El Reino de los Devas dentro de nosotros
No necesitamos imaginar un mundo celestial para reconocer algunas de las características del Reino de los Devas. Este reino puede manifestarse en nosotros cuando vivimos una situación de bienestar, satisfacción y seguridad tan completa que dejamos de percibir su carácter transitorio.
Cuando todo parece ir bien —tenemos salud, comodidad, reconocimiento, recursos o relaciones satisfactorias— resulta fácil comportarnos como si esas condiciones fueran permanentes. El sufrimiento parece lejano y desaparece la urgencia de observar nuestra propia mente.
El problema no reside en disfrutar del bienestar. Desde una perspectiva budista, la dificultad aparece cuando nos aferramos a él y olvidamos que depende de causas y condiciones.
Se puede reconocer así al deva dentro de nosotros cuando pensamos, aunque sea de manera inconsciente: «esto durará», «tengo todo lo que necesito y nada tiene por qué cambiar» o «el sufrimiento es algo que les ocurre a los demás». En este estado resulta fácil vivir ajenos al mundo que nos rodea, instalados en una burbuja de bienestar y abundancia que percibimos como estable, olvidando que también ella es pasajera y que no constituye sino un velo más a través del cual contemplamos la realidad.
Podemos reconocer al deva dentro de nosotros cuando pensamos, aunque sea de manera inconsciente: «esto durará», «tengo todo lo que necesito y nada tiene por qué cambiar» o «el sufrimiento es algo que les ocurre a los demás». En este estado resulta fácil vivir ajenos al mundo que nos rodea, instalados en una burbuja de bienestar y abundancia que percibimos como estable, olvidando que también ella es pasajera y que no constituye sino un velo más a través del cual contemplamos la realidad.
El Reino de los Devas nos recuerda una enseñanza fundamental: incluso las condiciones más agradables son impermanentes. Disfrutarlas sin aferrarnos a ellas y utilizarlas como una oportunidad para cultivar atención, sabiduría y compasión transforma el bienestar en un terreno favorable para la práctica.
Reino de los Asuras

Reino de los Asuras
Sánscrito: Asura-gati (असुरगति)
Chino: 阿修羅道 (Āxiūluó dào) — «Reino o vía de los Asuras»
Habitantes: Asura (असुर) — seres poderosos y combativos, frecuentemente traducidos como «semidioses» o «titanes»
En nosotros: Comparación, celos, envidia, competitividad y necesidad de superar a los demás, incluso cuando disponemos de condiciones favorables.
El Reino de los Asuras está habitado por seres poderosos que disfrutan de condiciones muy favorables, en algunos aspectos próximas a las de los deva. Sin embargo, su existencia se encuentra marcada por la rivalidad, los celos, la envidia y el conflicto.
Los asura poseen fuerza, inteligencia, capacidades y abundantes recursos, pero contemplan constantemente la prosperidad de los deva y desean aquello que estos poseen. Esta comparación alimenta su insatisfacción y los conduce repetidamente al enfrentamiento.
En las representaciones tradicionales aparecen con frecuencia como seres guerreros que combaten contra los deva. Aunque pueden disfrutar de numerosos placeres, no consiguen vivirlos plenamente porque su atención permanece dirigida hacia aquello que les falta o hacia quienes consideran superiores.
Su sufrimiento no procede, por tanto, de la carencia absoluta. Surge de la comparación. Pueden poseer mucho y, sin embargo, sentirse continuamente insatisfechos porque alguien posee todavía más.
Como todos los habitantes del saṃsāra, los asura están sometidos a la impermanencia y al karma. Su poder no los libera del sufrimiento porque su propia manera de relacionarse con el mundo genera continuamente nuevas causas de conflicto.
El Reino de los Asuras dentro de nosotros
Podemos reconocer el Reino de los Asuras cuando nuestra percepción queda dominada por la comparación y la competencia. No importa tanto aquello que tenemos como nuestra posición respecto a los demás.
Podemos disponer de salud, conocimientos, reconocimiento, recursos o capacidades y, sin embargo, experimentar insatisfacción al descubrir que otra persona parece poseer más. El éxito ajeno deja entonces de ser simplemente el éxito de otra persona y comienza a percibirse como una amenaza para nuestra propia posición.
El estado asura puede aparecer en numerosos ámbitos de nuestra vida: en el trabajo, en las relaciones personales, en el deporte, en el conocimiento e incluso en la propia práctica espiritual. La necesidad de destacar, demostrar nuestras capacidades, tener razón o recibir mayor reconocimiento puede transformar actividades inicialmente positivas en espacios de competición.
Podemos reconocer al asura dentro de nosotros cuando nuestra percepción queda dominada por la comparación y la competencia. Podemos disponer de salud, conocimientos, reconocimiento, recursos o capacidades y, sin embargo, sentirnos insatisfechos porque otra persona parece poseer más. A diferencia del deva, que permanece absorto en aquello que disfruta, el asura mira constantemente hacia aquello que poseen los demás. El éxito ajeno puede entonces dejar de ser motivo de alegría para convertirse en una amenaza para nuestra propia posición.
Esto permite distinguirlo del Reino de los Devas. El deva permanece absorto en aquello que disfruta; el asura, aun disfrutando de condiciones favorables, mira constantemente hacia aquello que poseen los demás.
El Reino de los Asuras nos invita así a observar qué sucede cuando dejamos de valorar nuestra experiencia por sí misma y comenzamos a medirla mediante la comparación. Cultivar la alegría por el bienestar y los logros ajenos, junto con el reconocimiento de nuestras propias condiciones sin convertirlas en motivo de superioridad, constituye una forma de debilitar esta tendencia.
Reino de los Humanos

Reino de los Humanos
Sánscrito: Manuṣya-gati (मनुष्यगति)
Chino: 人道 (Réndào) — «Reino o vía de los seres humanos»
Habitantes: Manuṣya (मनुष्य) — seres humanos
En nosotros: Una existencia marcada por la alternancia entre placer y sufrimiento, pero también por la capacidad de reflexionar sobre nuestra experiencia, transformarla y buscar conscientemente un camino de liberación.
El Reino de los Humanos ocupa una posición particular entre los Seis Reinos del Saṃsāra. La existencia humana contiene placer y sufrimiento, satisfacción y frustración, bienestar y adversidad, sin que ninguno de ellos llegue necesariamente a dominar por completo nuestra experiencia.
Precisamente este equilibrio hace que el nacimiento humano sea considerado tradicionalmente una condición especialmente favorable para la práctica del Dharma. Los seres humanos experimentamos suficiente sufrimiento como para poder reconocer la insatisfacción inherente a la existencia condicionada, pero generalmente disponemos también de suficiente libertad, inteligencia y capacidad de reflexión para preguntarnos por sus causas y actuar sobre ellas.
Esta situación contrasta con otros reinos. El intenso bienestar de los deva puede favorecer la complacencia y hacer olvidar la impermanencia, mientras que el sufrimiento extremo de otros estados puede dificultar enormemente cualquier posibilidad de reflexión. El ser humano se encuentra en una posición intermedia desde la que puede experimentar el sufrimiento, comprenderlo y preguntarse si existe una manera diferente de relacionarse con él.
Por ello, en numerosos textos budistas se insiste en el extraordinario valor de haber obtenido un nacimiento humano y, particularmente, una existencia que permita conocer y practicar el Dharma. Pero esta oportunidad también es impermanente. La vida humana es limitada y las condiciones que permiten la práctica pueden desaparecer.
El Reino de los Humanos dentro de nosotros
Entendido como una dimensión de nuestra experiencia, el Reino Humano aparece cuando somos capaces de reconocer lo agradable y lo desagradable sin quedar completamente atrapados por ninguno de ellos.
Es el espacio en el que podemos detenernos y observar lo que está sucediendo. Sentimos deseo, ira, miedo, satisfacción, tristeza o alegría, pero conservamos cierta capacidad para preguntarnos de dónde proceden esos estados y cómo nuestras acciones contribuyen a mantenerlos.
En este sentido, lo específicamente humano no consiste simplemente en experimentar sufrimiento y placer, sino en nuestra capacidad de tomar conciencia de la experiencia y responder a ella de una manera diferente.
Podemos reconocer este reino dentro de nosotros cuando, en lugar de reaccionar inmediatamente ante aquello que sucede, somos capaces de observar nuestra reacción, comprender algunas de sus causas y elegir cómo actuar.
Podemos reconocer el Reino Humano dentro de nosotros cuando, en lugar de reaccionar inmediatamente ante lo que sucede, somos capaces de detenernos, observar nuestra reacción, comprender sus causas y elegir cómo actuar. Experimentamos placer y sufrimiento, deseo, miedo, ira o alegría, pero no tenemos por qué quedar completamente atrapados por ellos. En ese espacio de consciencia aparece una posibilidad fundamental: podemos transformar las condiciones que alimentan nuestros propios estados mentales y convertir nuestra experiencia en un camino de transformación y liberación.
Esta capacidad abre una posibilidad que resulta esencial para el budismo: podemos transformar las condiciones que alimentan nuestros propios estados mentales. La atención, la conducta ética, la meditación, la sabiduría y la compasión permiten cultivar unas tendencias y debilitar otras.
El Reino Humano representa así una existencia frágil e imperfecta, pero también extraordinariamente valiosa. En medio del cambio, el placer y el sufrimiento aparece la posibilidad de comprender nuestra propia experiencia y utilizarla como camino de transformación y liberación.
Reino de los Animales

Reino de los Animales
Sánscrito: Tiryagyoni-gati (तिर्यग्योनिगति)
Chino: 畜生道 (Chùshēng dào) — «Reino o vía de los animales»
Habitantes: Tiryagyoni — animales y otros seres pertenecientes a esta forma de existencia
En nosotros: Ignorancia, miedo y una existencia condicionada por la supervivencia, los impulsos y las necesidades inmediatas, con escasa capacidad para contemplar otras posibilidades.
El Reino de los Animales comprende las diferentes formas de vida animal y constituye uno de los destinos tradicionales de renacimiento dentro del saṃsāra. Se caracteriza principalmente por la ignorancia, la vulnerabilidad y la dificultad para comprender las causas que condicionan la propia existencia.
Los animales viven en gran medida sometidos a las necesidades inmediatas de la vida: encontrar alimento, protegerse de los peligros, reproducirse y buscar refugio. Muchos viven además bajo la amenaza constante de otros animales, de las condiciones ambientales o de los seres humanos.
Esto no significa que el budismo considere a los animales incapaces de experimentar afecto, inteligencia, cooperación o incluso formas complejas de aprendizaje. La característica fundamental atribuida a este reino no es una supuesta ausencia de capacidades, sino las limitadas posibilidades de comprender el Dharma y actuar conscientemente sobre las causas profundas del sufrimiento.
El miedo ocupa también un lugar importante en las representaciones tradicionales de este reino. La posibilidad de convertirse en presa, sufrir hambre, ser explotado o quedar sometido a otros seres hace que numerosas existencias animales estén marcadas por la inseguridad y la vulnerabilidad.
Por ello, aunque puede haber momentos de placer y bienestar, el Reino Animal continúa siendo una existencia condicionada por el saṃsāra, donde resulta especialmente difícil reconocer y transformar las causas que mantienen el ciclo de nacimiento y muerte.
El Reino de los Animales dentro de nosotros
Podemos reconocer el Reino Animal dentro de nosotros cuando nuestra experiencia queda reducida casi exclusivamente a reaccionar ante aquello que tenemos inmediatamente delante.
Comemos porque sentimos hambre, buscamos comodidad cuando aparece el malestar, huimos de aquello que nos produce miedo y perseguimos aquello que nos proporciona placer. Estas respuestas forman parte natural de nuestra existencia; el problema aparece cuando se convierten en la única manera de relacionarnos con el mundo.
En este estado actuamos fundamentalmente por hábito, impulso o reacción, sin detenernos a comprender qué está sucediendo ni cuáles pueden ser las consecuencias de nuestras acciones.
También podemos reconocerlo cuando el miedo limita nuestro horizonte. Ante una amenaza real o imaginada, nuestra atención se estrecha y la prioridad pasa a ser proteger aquello que consideramos necesario para nuestra seguridad. Cuanto mayor es el miedo, más difícil resulta contemplar alternativas.
La ignorancia propia de este reino no debe entenderse simplemente como falta de conocimientos. En sentido budista apunta hacia algo más profundo: la incapacidad para reconocer las causas y condiciones que configuran nuestra experiencia. Podemos repetir una misma conducta una y otra vez porque no alcanzamos a percibir el mecanismo que la mantiene.
Podemos reconocer el Reino Animal dentro de nosotros cuando nuestra vida queda dominada por el hábito, el impulso y la reacción inmediata: buscamos aquello que nos proporciona placer, evitamos lo que nos produce malestar y nos aferramos a lo que nos ofrece seguridad, sin detenernos a comprender las causas que condicionan nuestra conducta. El miedo puede estrechar todavía más nuestro horizonte, haciendo difícil contemplar otras posibilidades. Introducir atención entre el estímulo y nuestra respuesta nos permite reconocer esos condicionamientos: allí donde antes había únicamente reacción comienza a aparecer una posibilidad de elección.
El Reino Animal nos invita así a observar cuánto de nuestra vida transcurre automáticamente. Introducir atención entre el estímulo y nuestra respuesta nos permite reconocer los hábitos que nos condicionan y comenzar a relacionarnos de otra manera con ellos.
Allí donde antes había únicamente reacción aparece entonces una posibilidad de elección.
Reino de los Pretas

Reino de los Pretas
Sánscrito: Preta-gati (प्रेतगति)
Chino: 餓鬼道 (Èguǐ dào) — «Reino o vía de los espíritus hambrientos»
Habitantes: Preta (प्रेत) — seres tradicionalmente representados como «espíritus hambrientos»
En nosotros: Deseo insaciable, sensación de carencia e incapacidad para sentirnos satisfechos con aquello que tenemos o conseguimos.
El Reino de los Pretas es una forma de existencia caracterizada por el hambre, la sed y un deseo que nunca llega a satisfacerse. Sus habitantes buscan constantemente aquello que creen necesitar, pero encuentran enormes dificultades para obtenerlo o, cuando finalmente lo consiguen, son incapaces de disfrutarlo plenamente.
En la iconografía budista, los preta suelen representarse con vientres enormes y gargantas extremadamente estrechas. Su gran vientre simboliza la magnitud de sus deseos, mientras que la pequeña garganta expresa su incapacidad para satisfacerlos. En algunas descripciones, incluso cuando encuentran comida o bebida, esta se transforma en sustancias repulsivas o en fuego antes de que puedan consumirla.
Estas imágenes expresan de manera especialmente gráfica la naturaleza de este reino: existe una enorme distancia entre lo que se desea y la capacidad de experimentar satisfacción.
Tradicionalmente, el renacimiento como preta se relaciona particularmente con tendencias como la codicia, la avaricia y el apego. Quien se aferra continuamente a aquello que posee o desea acumular cada vez más alimenta una forma de existencia dominada precisamente por la sensación de que nunca hay suficiente.
El sufrimiento del preta no consiste simplemente en carecer de algo. Su tragedia es mucho más profunda: ninguna cantidad parece capaz de llenar su sensación de carencia.
El Reino de los Pretas dentro de nosotros
El Reino de los Pretas resulta especialmente fácil de reconocer en nuestra propia experiencia. Aparece cada vez que sentimos que necesitamos algo para estar bien y, cuando finalmente lo conseguimos, la satisfacción dura muy poco antes de que aparezca un nuevo deseo.
Puede manifestarse en nuestra relación con la comida, las posesiones, el dinero o el consumo, pero también de maneras mucho más sutiles: necesidad de reconocimiento, atención, afecto, experiencias, conocimientos, éxito o aprobación.
El objeto puede cambiar continuamente mientras permanece intacto el mecanismo: «cuando consiga esto, estaré satisfecho».
Lo conseguimos y durante un tiempo aparece cierta satisfacción. Poco después, aquello que parecía tan importante se convierte en algo cotidiano y surge un nuevo objeto de deseo.
Esta dinámica permite comprender que el hambre del preta no depende únicamente de aquello que nos falta. Puede existir incluso en medio de la abundancia. Cuanto más intentamos llenar esa sensación mediante objetos externos, más podemos reforzar el hábito de buscar continuamente algo nuevo.
El Reino de los Pretas representa así una forma de relacionarnos con la experiencia desde la carencia: nuestra atención se dirige constantemente hacia aquello que falta y pierde de vista aquello que ya está presente.
Podemos reconocer al preta dentro de nosotros cuando vivimos desde una sensación permanente de carencia: sentimos que necesitamos algo para estar bien y, cuando finalmente lo conseguimos, la satisfacción apenas dura antes de que aparezca un nuevo deseo. El objeto puede cambiar —posesiones, reconocimiento, afecto, experiencias, conocimientos o éxito—, pero el mecanismo permanece: «cuando consiga esto, estaré satisfecho». El hambre del preta puede existir incluso en medio de la abundancia, porque nuestra atención permanece dirigida hacia aquello que falta y deja de percibir aquello que ya está presente.
Reconocer al preta dentro de nosotros no significa rechazar nuestros deseos. Significa observar su funcionamiento: cómo aparecen, qué prometen, qué sucede cuando los satisfacemos y cuánto dura realmente esa satisfacción.
Cuando somos capaces de permanecer con esa sensación sin responder inmediatamente intentando llenarla, podemos empezar a descubrir que no todo deseo necesita convertirse en una necesidad ni toda sensación de carencia necesita ser satisfecha mediante la adquisición de algo.
Reinos Infernales

Reinos Infernales
Sánscrito: Naraka-gati (नरकगति)
Chino: 地獄道 (Dìyù dào) — «Reino o vía de los infiernos»
Habitantes: Nāraka — seres que experimentan los estados de sufrimiento de los naraka
En nosotros: Sufrimiento extremo, odio, ira, miedo o desesperación que llegan a dominar nuestra experiencia hasta hacer difícil percibir cualquier realidad más allá de ellos.
Los Reinos Infernales constituyen los estados de existencia caracterizados por las formas más intensas de dolor y sufrimiento dentro de los Seis Reinos del Saṃsāra. La cosmología budista no describe un único infierno, sino diferentes naraka, tradicionalmente agrupados en infiernos calientes y fríos, además de otros estados de tormento.
A diferencia de algunas concepciones religiosas del infierno, los naraka budistas no constituyen un castigo eterno impuesto por una divinidad. El renacimiento en ellos surge, como cualquier otro renacimiento, de causas y condiciones relacionadas con el karma. Cuando las condiciones que sostienen esa existencia se agotan, también ese estado termina y puede producirse un nuevo renacimiento.
Las descripciones tradicionales son deliberadamente extremas. Los infiernos calientes presentan mundos dominados por el fuego, el calor, la violencia y diferentes formas de tormento; los infiernos fríos describen, por el contrario, estados sometidos a un frío insoportable. Su duración puede resultar inconcebiblemente larga, pero nunca infinita.
En este sentido, incluso el sufrimiento más terrible permanece sometido a una de las características fundamentales de toda existencia condicionada: la impermanencia.
El Reino Infernal representa así una existencia en la que el sufrimiento alcanza tal intensidad que prácticamente ocupa todo el campo de la experiencia. Cuando únicamente existe dolor, resulta extraordinariamente difícil disponer de la serenidad y claridad necesarias para comprender sus causas o emprender el camino hacia la liberación.
Los Reinos Infernales dentro de nosotros
Podemos reconocer algo semejante a los naraka cuando determinados estados de sufrimiento llegan a ocupar completamente nuestra experiencia.
Una ira intensa puede transformar durante unos instantes todo aquello que percibimos. La persona que tenemos delante deja de aparecer con sus múltiples cualidades y se convierte únicamente en aquello que odiamos. De manera semejante, cuando estamos dominados por el miedo, todo parece amenazante; cuando nos encontramos atrapados en un sufrimiento profundo, puede resultar difícil imaginar que exista algo más allá de ese dolor.
En esos momentos no hemos cambiado físicamente de mundo, pero el mundo que experimentamos ha cambiado profundamente.
Esta es una de las características más interesantes de la lectura interior de los Seis Reinos. Los mismos acontecimientos pueden ser experimentados de maneras radicalmente diferentes dependiendo del estado desde el que los vivimos. La mente selecciona, interpreta y organiza aquello que percibimos de acuerdo con las condiciones presentes.
El fuego de los infiernos puede entenderse entonces como una poderosa imagen de la ira, el odio y la hostilidad que nos consumen, mientras que los infiernos helados pueden evocar estados de aislamiento, miedo, rechazo o una experiencia profundamente cerrada y dolorosa.
Cuando estamos inmersos en uno de estos estados resulta difícil recordar que también él depende de causas y condiciones. Precisamente por eso podemos sentir que «esto nunca terminará».
Sin embargo, la enseñanza de la impermanencia se aplica también aquí. Ningún estado condicionado permanece indefinidamente.
Podemos reconocer los naraka dentro de nosotros cuando la ira, el odio, el miedo o el sufrimiento llegan a ocupar completamente nuestra experiencia. En esos momentos no hemos cambiado físicamente de mundo, pero el mundo que experimentamos ha cambiado profundamente: aquello que percibimos queda teñido por el estado desde el que lo vivimos y puede parecernos que «esto nunca terminará». Sin embargo, también aquí actúa la impermanencia: aquello que ha surgido debido a causas y condiciones puede cesar cuando esas causas y condiciones cambian.
Reconocer el Reino Infernal dentro de nosotros supone aprender a percibir el momento en que el sufrimiento comienza a construir todo nuestro mundo. Introducir atención, evitar alimentar las condiciones que lo intensifican y cultivar aquellas que permiten que se transforme abre un pequeño espacio entre nosotros y aquello que estamos experimentando.
Incluso en el más doloroso de los Seis Reinos continúa existiendo una enseñanza fundamental: aquello que ha surgido debido a causas y condiciones también puede cesar cuando esas causas y condiciones cambian.
Sobre el autor:

David Quiroga
Estudio, experimento y escribo, intentando siempre seguir este orden. Explorador del equilibrio entre nuestras diferentes manifestaciones —física, energética y espiritual— en la aparente individualidad, formando parte de un todo. Practicante de Medicina China, Shiatsu, meditación y otras artes —marciales y no marciales— encuentro en la naturaleza y la montaña mi refugio e inspiración.




