En la pintura tradicional china existe un motivo conocido como Los tres catadores de vinagre o Los tres sabores ácidos, 三酸圖 (Sān suān tú). La escena parece sencilla: tres ancianos se reúnen alrededor de una gran vasija de vinagre. Cada uno introduce un dedo o una pequeña cuchara, prueba su contenido y reacciona ante su sabor.
En su interpretación más conocida, los tres personajes son Confucio, el Buddha Śākyamuni y Laozi. Cada uno representa una de las llamadas Tres Enseñanzas de China:
- Confucianismo, 儒 (rú)
- Budismo, 釋 (shì)
- Daoísmo, 道 (dào)
El vinagre simboliza la vida. Los tres sabios prueban la misma realidad, pero cada uno parece descubrir en ella un sabor diferente. La pintura se convierte así en una reflexión sobre la forma en que nuestras ideas, expectativas y disposiciones interiores condicionan nuestra experiencia del mundo.
La historia
Cierta mañana, Confucio, el Buddha y Laozi se encontraron ante una gran vasija de barro. Nadie sabía quién la había dejado allí ni cuánto tiempo llevaba reposando. Sobre su superficie podía leerse una sola palabra:
Vida
Los tres sabios se acercaron. El aroma era intenso, penetrante y difícil de ignorar. Confucio introdujo un dedo en la vasija y probó unas gotas.
Su rostro se contrajo.
—Está agrio —dijo—. El vino se ha echado a perder porque alguien ha descuidado su elaboración. Cuando las cosas no reciben el cuidado apropiado, se apartan de su orden. Es necesario conocer las reglas, respetar las relaciones y corregir aquello que se ha desviado.
El Buddha probó después. Permaneció unos instantes en silencio y finalmente dijo:
—Es amargo. Todo lo que nace está sujeto a transformarse. Aquello que deseamos conservar acaba separándose de nosotros, y aquello que rechazamos termina encontrándonos. El sufrimiento aparece cuando pretendemos que la realidad sea diferente de lo que es.
Laozi fue el último en probar. Introdujo lentamente el dedo, llevó una gota a sus labios y sonrió.
Los otros dos lo observaron sorprendidos.
—¿No te parece agrio? —preguntó Confucio.
—¿No encuentras en él amargura? —añadió el Buddha.
Laozi volvió a mirar la vasija.
—El vinagre es agrio —respondió—. Precisamente por eso es bueno como vinagre. Si pretendiera que fuese dulce, me disgustaría con él. Si esperase que siguiera siendo vino, lamentaría su transformación. Pero cuando lo pruebo sin exigirle que sea otra cosa, encuentro su verdadero sabor.
Los tres sabios guardaron silencio. Frente a ellos continuaba la misma vasija. El vinagre no había cambiado. Lo que cambiaba era la manera de recibirlo.
Sobre el autor:

David Quiroga
Estudio, experimento y escribo, intentando siempre seguir este orden. Explorador del equilibrio entre nuestras diferentes manifestaciones —física, energética y espiritual— en la aparente individualidad, formando parte de un todo. Practicante de Medicina China, Shiatsu, meditación y otras artes —marciales y no marciales— encuentro en la naturaleza y la montaña mi refugio e inspiración.




